Las 200 familias que controlan el mundo

El Mundo acaba de publicar un listado de las 200 mayores fortunas de España, tal como viene haciendo desde 2005. A primera vista, nada extraordinario. Elaborar rankings de toda clase es un hábito obstinado del periodismo contemporáneo, y tanto más si conciernen a los ricos y famosos. Ahora bien, ¿por qué 200? ¿Por qué no 50, 100 o 300? A poco que escarbemos veremos que la cifra tiene solera en el pensamiento conspirativo moderno.
Remontémonos a la convulsa Francia de los años ’30, más precisamente al 28 de octubre de 1934. Ese día, Edouard Daladier, líder socialista radical, denuncia en un congreso partidario: “Hay doscientas familias que son propietarias de la economía francesa y, por consiguiente, de la política francesa. Son fuerzas que un Estado democrático no debería tolerar”. La extrema derecha no tardó en apropiarse de la consigna, subrayando que muchas de esas familias eran de confesión judía o protestante (o sea, prácticamente masones, a su modo de ver). Librar a la nación del yugo de esa oligarquía se tornó un banderín de enganche de las facciones políticas más radicalizadas.
¿De dónde había sacado Daladier ese número? Sencillamente, de los estatutos del Banco de Francia. Fundada por Napoleón, la principal institución financiera del país era dirigida por el Estado pero controlada por inversores privados. De hecho, su junta respondía a “una asamblea general compuesta por los doscientos accionistas más importantes” (Lottman, Los Rothschild, pg. 231).
En los años siguientes, la cifra cobró dimensiones míticas. A la derecha más reaccionaria le gustaba creer en la existencia de una trama de individuos privados que entre bambalinas movía los hilos de la república. Desde la Revolución Francesa los ultramontanos venían acusando a los masones y otras sociedades secretas de orquestar los estallidos sociales que habían acabado con el Antiguo Régimen. Que en esta ocasión los presuntos conspiradores fueran riquísimos judíos aumentaba el atractivo del número agitado por Daladier para corrientes medularmente antisemitas.
A la izquierda, por su parte, le parecía una forma pedagógica de visualizar el dominio de la clase burguesa. Lástima que hacía pedagogía al precio de una enorme simplificación del funcionamiento del sistema capitalista. Encima, al centrarse en una fracción de la elite dominante, la burguesía financiera, se aproximaba peligrosamente al discurso fascistoide, que había tomado a la “banca judía internacional” de cabeza de turco de todos los males, al tiempo que soslayaba la responsabilidad en la crisis de sectores clave como el industrial (no casualmente, los Krupp, Thyssen y otros capitanes de la industria alemana financiaban al partido de Hitler).
La acción combinada de ambas campañas contra las 200 familias reforzó uno de los mitos políticos más difundidos del siglo XX: el gobierno oculto. Sus partidarios sostienen que la política aparente -la actividad del Poder Ejecutivo, de las cámaras representativas, del poder judicial, las elecciones, etc.- es un montaje, una maniobra de distracción para esconder a quiénes gobiernan entre tinieblas. Los que realmente mandan en una democracia -continúa el mito- no son los elegidos por el sufragio popular sino asociaciones secretas movidas por intereses nefandos.
Así como en Francia el mito se encarnó en las 200 familias, en Estados Unidos lo hizo en el Council on Foreign Relations, un think-tank de política exterior; y en Gran Bretaña, en su homólogo The Royal Institute of International Affairs: los dos acusados de dirigir desde bambalinas las relaciones exteriores de ambas potencias. La creación de las Naciones Unidas dio nuevos bríos a la leyenda, y, en una actualización del bulo del plan judío de control del planeta propagado en los Protocolos de los Sabios de Sión, comenzó a hablarse de un gobierno oculto mundial. Las sospechas recayeron en el Club Bilderberg, un foro anual de la elite global; en la Comisión Trilateral, asociación creada en el seno de dicho club que reúne a directivos de las multinacionales de Norteamérica, Europa y Japón; y, en su versión más disparatada, en los alienígenas.
¿Por qué el mito de las 200 familias es una teoría conspiranoica? Si bien sería absurdo negar que las oligarquías financieras ejercen un peso considerable en la vida política y económica de cualquier nación, igual lo sería ignorar que en el ejercicio de su poder no actúan como un colectivo monolítico sino divididas por intereses antagónicos; por añadidura, su influencia se halla limitada por la concurrencia de otras facciones con aspiraciones similares (los exportadores, los productores agrarios, los proveedores de servicios no financieros, los industriales ligados al mercado interno, etc., etc.,). En el tira y afloja a veces gana un sector, a veces otro y, en el balance final, siempre gana la clase dirigente en su conjunto.
Lo mismo ocurre con los lobbies que buscan incidir en políticas puntuales de sus Estados: su influencia se halla limitada o neutralizada por sus muchísimos competidores, sufriendo a menudo bloqueos que abren resquicios para que el elenco gobernante actúe con autonomía de las facciones en pugna. Y no hablemos de las contradicciones internacionales: cuando los miembros de los clubes de las elites globales, al término de sus reuniones y declaraciones de comunión ideológica, regresan a sus países a trabajar al servicio de las clases a las que pertenecen, se oponen a los intereses de las naciones que defienden los otros socios (la prueba histórica la da la masonería: cuando las colonias americanas se independizaron de Inglaterra, los masones ingleses se solidarizaron con la metrópolis, y los americanos con los independentistas).
Por eso las teorías conspiratorias sobre el sector financiero iluminan a la vez que oscurecen. Iluminan al recordar que los dueños del capital no se limitan a sus negocios privados sino que procuran acrecentarlos con tejemanejes políticos; oscurecen porque exageran la eficacia de sus injerencias desviando la atención de las instituciones que deciden nuestros destinos a la luz del día, de modo directo como el FMI o el Banco Mundial, o difuso como las facultades de administración de empresas desde las que se irradia el pensamiento único en materia económica.
El artículo de El Mundo no se propone infundir percepciones paranoicas; nada dice del influjo social o político de los 200 megarricos, salvo apuntar que su opulencia “denota la capacidad singular de los que más tienen para seguir acumulando mientras una gran parte de la población de su entorno está estancada”; una crítica destinado a compensar la explotación que se hace del morbo que suscita la vida de los millonarios y sus fortunas. Pero al perseguir esa meta valiéndose de una cifra mítica incrustada en el imaginario colectivo, sumada a la personalización del discurso periodístico que reduce la historia a un juego de voluntades individuales, ayuda a creer en sociedades digitadas por un puñado de poderosos estratégicamente situados, la argamasa de todas las teorías de la conspiración.
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